14 octubre 2014

Destino


Escribí una canción triste para cantarla siempre que no estés, y que mi propia voz me recuerde por qué, que yo ya no lo sé.

Siempre busco grandes historias. Me imagino cazando fantasías en mi cabeza, pero nunca encuentro un gran principio, y ningún final es demasiado bueno, así que lo dejo, como una idea que quiso, pudo e intentó ser, y que nunca será.

Me dicen que no se ve en mi cara más que unos ojos tristes que lloran porque no sienten la lluvia. Hay mucho más. Hay tempestades en mi corazón, que quiere salir, allá afuera, con una pequeña mochila dispuesto a dar la vuelta al mundo, sin rumbo y sin zapatos. Para sentir más, para sentir mejor, dice. Yo intento retenerle en su casita de espejo, pero de día apaga la luz para no ver su reflejo y de noche sube las persianas, solo para asegurarse de que sigue habiendo algo por lo que sufrir.

Sé que me odia por no dejarle ser libre, pero sé que es lo mejor para él. No quiero volver a oír su llanto noche y día en la cama, buscando una sonrisa de la almohada que le diga que necesita un consuelo que no espera. Y volverse loco. Más aún.

Cerraré su casita para siempre y la tiraré abajo. A él, le clavaré un puñal en el segundo exacto al despertar, para que sepa que deseo acabar con todo su dolor. Quemaré cualquier recuerdo que hubo de él y tiraré sus cenizas por la ventana.

Por fin, podrá volar libre y conocer el ansiado mundo que siempre le rodeaba pero que nunca llegaba.
Por fin, será feliz.
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