30 marzo 2018

Vuelve el Norte

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Si llamaras a mi puerta,
la abriría,
te miraría,
y reviviría esa sensación de que algo no está bien que transmiten tus ojos fríos al colisionar con los míos.

Por eso no quiero que llames a mi puerta.
O sí.

Si vinieras a buscarme,
me encontrarías,
probablemente en el bar donde nos concimos,
bebiendo preguntas que ya no tienen sentido y nunca quisiste responder.

Por eso quiero que vengas a buscarme.
O no.

Si volvieras,
no me marcharía,
ni te echaría como la última vez,
y te haría viejas promesas que acabaría rompiendo de nuevo.

Por eso no quiero que vuelvas,
porque no me podría resistir,
a decir que sí.
.

09 septiembre 2016

Domingo 5


Stefano se abrió paso entre la multitud acercándose sigiloso, pero convencido. Hola, le susurró cuando consiguió estar suficientemente cerca como para que el bullicio de la estación no ahogara su voz. Ella se giró y su mirada impactó con todo el ser de Stefano, penetrando más allá de lo físico y dejándole inmóvil por un instante, como cuando se choca por primera vez con la magia de una maravilla inesperada.

 Hola respondió con gesto extrañado a la vez que agarraba el asa de su maleta con más fuerza. Stefano se dio cuenta de este movimiento.

 Tranquila... no te voy a hacer nada la miró de nuevo a los ojos y otra vez tuvo esa sensación de vulnerabilidad. Soy Stefano ella decidió ignorar la mano extendida girando la cabeza en la dirección opuesta. ¿Tú cómo te llamas? Seguía sin recibir respuesta, pero se recuperó rápidamente, sabía que aquello no iba a ser fácil¿Estudias aquí? Por la postura corporal de la chica no era difícil deducir que se estaba impacientando, pero él tenía que seguir intentándolo—. No eres de Madrid, ¿verdad? Llevo un tiempo viéndote cada semana por la estación.

Esto llamó la atención de la chica, que dio un paso alejándose de Stefano.

— ¿Cómo?

— Sí, en concreto... cinco domingos. Este es el quinto que te veo. Siempre llegas a las cuatro y cuarto, pero nunca sé de dónde, porque cada domingo a esa hora llegan tres trenes: Sevilla, Barcelona y Oviedo, así que... ¿por qué no me dices de dónde eres?

Mientras hablaba, los ojos de la chica se abrieron como platos, y para cuando formuló la pregunta esta ya había comenzado a caminar rápidamente sin mirar atrás. Sólo entonces Stefano pensó que quizás aquella no era la mejor conversación para entablar con una persona a la que acababa de abordar y que no sabía nada de él, pero no podía permitir que se marchara sin tan siquiera darle una explicación, así que emprendió una carrera de obstáculos tras ella al grito de ¡espera! mientras esquivaba todo tipo de turistas, viajeros, trabajadores de la estación y maletas que iban y venían dificultándole avanzar.

Hubo un grito y un golpe. Algunos se alarmaron, aunque la mayoría de la gente no se inmutó dado el ruido en el interior del edificio. Cuando Stefano se acercó vio a la chica tirada en el suelo. Al parecer, había tropezado con la maleta de un viajero entretenido, un hombre con rastas y un traje verde.

— ¿Estás bien?

— Sí, ¡déjame en paz, acosador! Gritó mientras se levantaba.

— ¿Algún problema con este? Preguntó el de las rastas.

— ¡No! Intervino Stefano exaltado. Tomó la maleta de la chica y se la ofreció— Oye, no he empezado con muy bien pie pero... no quiero que pienses de mi algo que no soy. Déjame explicártelo, por favor las manos de ella ya habían cogido el asa, pero las de él no la soltaron. Perdóname si te he asustado, no era mi intención. Hace un mes vine a la estación para despedirme de mi familia que había venido de vacaciones, y de repente te vi aparecer por la puerta, el primer domingo... no sé qué me pasó, sentí algo que... ¡Dios! ¡Sentí que tenía que conocerte! Pero todo fue muy rápido, no te pude decir nada y no tenía forma de encontrarte y, bueno... pensé que viniendo a la estación el mismo día y a la misma hora habría alguna posibilidad de volver a verte, y lo hice, el segundo domingo, y el tercero, y el cuarto... y no me atreví a decirte algo hasta hoy, el quinto domingo. Llevo pensando en ti desde el momento en que te vi y poder hablar contigo por fin... me he puesto nervioso. Lo siento. se apartó. Eso es todo.

El rasta del traje y algunos de sus acompañantes junto con otras tres o cuatro personas que habían presenciado la escena aplaudieron y vitorearon en tono cómico. Las mejillas de la chica se sonrojaron y Stefano creyó advertir una sonrisa que se dibujaba en sus labios.

— Me tengo que ir dijo sin mirarle. Se alejó hacia el exterior de la estación hasta abandonar la aglomeración.

Stefano, por su parte, sin saber muy bien qué sentir, lo único que tenía por seguro era que no quería perder ese tren.
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23 agosto 2015

Verano de nadie


Te tengo abandonada.
Me quiero abrazar a algún poema que me haga sentir,
sentir todo lo que perdí.

Que ya no siento dolor,
que ya no siento nada.

No sé quién soy,
ni qué ha pasado en esta orilla,
sólo sé que ya no te encuentro,
y es que tampoco te busco,
porque te tengo abandonada.

Pena no tengo,
tampoco alegría,
la perdí de camino no sé a dónde,
en busca de quién sabe qué,
y me fui para pensar.

Recordar viejos tiempos,
la vida pasada,
la luz de la juventud,
y el tiempo mas agrio que dulce,
llevan las aguas hacia el mar.

Si tuviera tiempo,
volvería atrás,
cuando éramos todo,
y ni siquiera sabíamos,
que la vida va pero no viene.

Que ya no nos vemos,
que ya nos olvidamos.

Pero hoy aún veo en los ríos que llorabas,
la luz apagada de tu voz cuando me decías,
que no te abandonara.
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29 junio 2015

Cinco estrellas


Dame una pistola y óyeme decirte que no quiero estar triste. A veces tengo un miedo y no sé por qué, me invade cuando los vicios faltan y se hace largo el amanecer desde la playa hasta casa. Lucha mi cuerpo contra el peso del destino y por la noche me consumo en las balas vacías de las que me embarazaste en la orilla de la hipocresía y del no quererte como para ver luz en las miradas que desprenden esperanza de cielos caídos. Júrate otro nunca más que dure hasta la siguiente matanza, busca un armario donde guardar tus vergüenzas y lúcelas como grandes galas cuando caigan los truenos ácidos que hacen llorar al calor que guardaba para ti. Me siento sola y me levanto contigo, mamando el olor de la calle de mi ombligo.
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11 junio 2015

El primero de muchos


Qué te voy a decir a ti, amigo,
que apareciste por casualidad,
entrando en mi vida,
sin saber lo que significaría.

Qué te voy a decir a estas alturas, amigo,
que no sepas ya,
se me muere de pena el corazón,
al dedicarte este último adiós.

Hoy, demasiado acostumbrada a las despedidas,
te abracé por última vez,
y no me salían las palabras,
porque si intentaban hablar,
se pronunciaban en más lágrimas,
y tú sabes que si hay algo que odié alguna vez, amigo,
fueron las despedidas,
y el último adiós,
que es el que más duele en el alma.

Dices, dicen,
que nos volveremos a ver,
puede que sea posible,
pero tú sabes, amigo, que el tiempo no perdona,
que yo no estaré presente en tu nueva vida,
ni tú en la mía,
pero qué más da si de ti sólo me van a quedar
los buenos recuerdos que no sé si se repetirán,
las buenas memorias de la juventud,
la sensación de vida.

Amigo,
te vas, me voy,
y no es de nadie la culpa,
es la vida, en fin, la que nos cruzó,
y a nuestro pesar, y más el mío, nos separó,
duele, porque es un adiós,
porque nuestros caminos se alejan,
aunque tú y yo sabemos, amigo,
que nunca dolerá como el adiós de un hermano.

No sabes, amigo, hasta qué punto fui feliz,
a pesar de tu ausencia o de tu breve presencia,
pero la vitalidad que me faltaba, amigo,
tú me la diste,
y nadie más pudo conseguirlo,
y ahora en mi memoria no hay otro sino tú,
para recordarme que un día yo también tuve un amigo,
que yo nunca tuve un hermano,
pero que viví como si hubiera tenido muchos,
porque ahora el alcohol me nubla la vista,
y la felicidad se acaba contigo, amigo,
cuando nos lanzamos la última sonrisa,
el último abrazo,
la última fiesta,
la última vez,
amigo, se va una parte de mi,
y temo no volver a recuperarla,
pero espero que seas feliz,
y que algún día tú descubras un nuevo amigo,
como yo te descubrí a ti,
y puedas revivir cuantas veces quieras,
la felicidad que tú me diste a mi.

Amigo, te escribo con todo el dolor de mi corazón,
y aunque las lágrimas me empañan los ojos,
aún puedo escribirte la última poesía,
y quiero que sepas,
que siempre me mantendrás viva,
con toda nuestra vida,
aunque ya no te vuelva a ver,
aunque ya no estemos juntos,
aunque mis miedos se cumplan,
aunque tú, amigo, algún día, me hayas olvidado,
aunque nunca me quisieras como yo te quise a ti,
gracias, amigo, por aparecer en mi.
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11 abril 2015

Mucho


Quiero y sueño,
te acercas, me abrazas, susurras no me olvides,
como si fuera posible.

No sé qué quedará mañana bajo la lluvia,
puede que una flor marchita que no supo aprovechar la vida,
que envejeció demasiado pronto,
y se muere porque ya no luce hermosa.

Una juventud prometedora,
años de daños volcados en un rascacielos de estrellas,
dos manos que se cruzan,
y un corazón que se separa.

Ya no brillan las mejillas ni vuelan las vidas,
si tú te has ido,
no queda más belleza en esta acera.
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Volver a casa


La libertad de las palabras absuelve a las turbulencias del corazón,
y yo escribo que te amo,
expresar es la verdad,
y escribir es amar.

Cerré el invierno con la esperanza de una nueva primavera,
el frío se convirtió en antiguas fotos grises,
algo floreció en un escenario de guerra,
una semilla que promete un mañana,
y una luz que salvó al alma.



A Carlos, por animarme a seguir escribiendo. Gracias.
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10 abril 2015

Sueño de Nochebuena


La primavera llegó pero tú ya te habías ido. Dónde, nunca lo supe; tan sólo quedó el vívido sueño que se mostró claro como un regalo entre las pesadillas de las Navidades pasadas.

»Nos encontramos en una parada de autobús frente a un paso de cebra de una calle ficticia, un híbrido entre la cuesta de Santa Engracia y la zona de Quevedo. Eran aproximadamente las cinco y media de la tarde, con esa atmósfera de tonos grises y azules propia del más entrado invierno de Madrid.

»Hacía frío, pues recuerdo a mi padre con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora marrón y yo intentando proteger lo que podía de mi nariz con el cuello del abrigo verde. No sé qué hacíamos allí exactamente; mis padres estaban sentados y yo de pie cuando apareciste fortuitamente. Sin saber cómo, comenzamos a hablar. Me desconcertó que fueras tan natural conmigo. También fue una sorpresa mi desenvoltura, normalmente me pongo terriblemente nerviosa cuando estás cerca, pero en aquel momento no había cabida para la timidez. Mi padre me llamó, giré para responder y cuando acabé volví junto a ti. En ese momento me di cuenta de las bonitas luces rojas de los restaurantes de la calle que se situaban detrás de ti. Propusiste que quedáramos algún día; vimos que parecía difícil llegar a un acuerdo y tú insististe en el jueves por la tarde. Queríamos que fuera lo antes posible y emocionada y antes de que cambiaras de opinión, olvidé mis quehaceres y gratamente acepté, dejando de lado cualquier otra tarea que ocupara el tiempo que prefería emplear contigo. Mi padre me sacó de mi ensoñación nombrándome otra vez. Dirigiéndome a él recordé algo; el jueves por la tarde tengo clase de ruso de cinco a siete, siete y cuarto, dije pensativa, dándote la espalda. Intercambié algunas palabras más con él mientras te oía sorprendido murmurar ¿ruso? y me despedía diciéndoles que me iba a tomar una cerveza contigo. Cruzamos la carretera.

»Entramos en una cafetería que de alguna forma sabía que estaba en la calle que se parecía a San Bernardo. Era muy espaciosa, con el techo alto y las anchas paredes de color azul cielo. El mostrador, ubicado en la esquina derecha de la sala, era de una madera oscura, como las sillas y las mesas, pintadas de blanco, pero no había nadie atendiendo en él. El lugar estaba casi vacío, sólo había una o dos personas más aparte de nosotros. Nos sentamos en una mesa cercana a la puerta, esperando un pedido que no habíamos hecho. Tú no dejabas de deleitarme confesándome intimidades e historias ocurrentes, mientras yo te contemplaba fascinada ante la jovialidad de tu expresión, siempre tan frívola y entonces derrochando una vitalidad espontánea que jamás imaginé en ti. Reconozco que al principio te escuchaba, pero luego abandoné la conversación; me perdí en cada detalle de tu rostro absorbiendo todos sus rasgos por si era la última vez que podía hacerlo, recorriendo las líneas que dibujaban tus cejas cuando te concentrabas, hundiéndome en tus ojos divertidos a los que pude mirar sin miedo y envolviéndome en el sonido de tu risa vivaracha, la que me había preguntado tantas veces cómo sonaría. Cuando se lo cuente a las chicas no se lo van a creer, pensaba, y ni yo misma lo hacía. En aquella cafetería, tú, sin saberlo, le estabas haciendo el amor a mi alma, que no había sentido la libertad hasta que la colmaste de ella cuando estuvimos frente a frente y habría vendido todo mi tiempo por que aquel momento no terminara nunca.
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04 febrero 2015

Vida


"Of all sad words of tongue or pen, the saddest are these, It might have been."
                                                                                                           John Greenleaf Whittier
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31 enero 2015

Al doblar la esquina


Entré acelerada por aquel portón al lado de un bar cuya barra daba directamente a la calle y tenía un toldo verde. Traspasé la puerta y me encontré con tres o cuatro escalones que parecían de arcilla pintada de amarillo, como el resto de la casa, con algunas paredes de blanco también. Allí estaba mi abuela, esperándome, mientras cocinaba la comida, removiendo el contenido humeante de una enorme olla. Tenía el cabello más canoso a como lo recuerdo en mi infancia, pero me miraba con aquella media sonrisa que siempre tenía en la cara cuando me veía, y eso me alegró. En el lado opuesto a la pared que tenía a su derecha y de la que se abría un arco sin puerta, pero con fondo marrón oscuro, estaba la cocina.

 Yaya, ¿qué haces aquí? ¿Tú no estabas muerta?

 ¿Pero a ti quién te ha dicho que estoy muerta? Anda, quita, que vamos a comer y me apartó cariñosamente con una mano mientras movía la otra al aire como diciendo vaya tonterías tienes.

 Ah, claro recordé, es por eso del tiempo, ¿verdad? Que hemos retrocedido, y ahora estamos en Croacia, cosas de aquí en ese instante comprendí, y me disgusté. Mi abuela miró el reloj antiguo que pendía encima de la apertura de arco y después de limpiarse las manos con el trapo de cuadros rojos y blancos que siempre utilizaba en su casa, me preguntó:

 ¿Y no quieres aprovechar el tiempo?

 No dije con seguridad, porque sé que nada de esto es real.

¿Respondió? No podría decirlo. Algo ocurrió, pero nunca sabré qué, sólo que me senté en un sillón que había junto a otros que no estaban antes ahí, frente a la cocina. Al mismo tiempo que encontraba en mi mano una fofucha sin rostro, mi prima asomaba por la puerta, tan guapa y tan alta, con su larguísimo pelo rubio, y flaca como de costumbre, como la fofucha, delgada, de piernas muy finas y estiradas, y toda de colores anaranjados, rosas y rojos.

 María, ¿qué te pasa?

De repente, sus extremidades se volvieron inestables, temblaban repetidamente casi al ritmo de la respiración, pero aún así ella se mantenía perfectamente de pie, aunque luego tuvo que amarrarse un segundo a un mueble auxiliar que había aparecido en plena sala.

 ¿Cuánto hemos retrocedido? preguntó.

 Unos... cinco meses, ¿no?

 Yo diría que más, aunque tampoco lo sé decía mientras se sentaba y sonreía con su elegancia característica. Me fijé en sus débiles piernas espasmódicas.

Mi tía Espe, Esperanza, la hija mayor de mi abuela y la madre de mi prima, apareció en escena a través de una puerta que había surgido de la pared de la cocina. Ahora estábamos allí todas, las cuatro: mi abuela, mi prima María, mi tía Espe y yo, hablando. Pero resultó una conversación muy breve.

 Eso significa añadí, y sentía las palabras agolparse a medida que asimilaba la situación que el tiempo sigue marchando, y que en algún momento esto no habrá servido de nada y volverá a ocurrir irremediablemente por mucho que hagamos. Queda poco, ¿verdad? No quiero verlo, no quiero que sea mi último recuerdo de ella, no así.

 Entonces deberías ir yéndote, señorita me dijo mi tía con una notable gravedad en sus palabras. Quedan cinco minutos.

«¿Cinco minutos? No puede ser pensaba, y miré el reloj al que antes había mirado mi abuela. No quiero estar aquí. Tenemos que irnos. Ya. No se puede esperar más».

Toda la atmósfera se había cargado completamente de ruidos que no podría describir, sonidos estridentes de procedencia desconocida que me taladraban el corazón, que latía acelerado y se había visto envuelto en una repentina sombra. En algún momento entre tanta agitación mi abuela intervino, pero no pude oír bien qué dijo.

 ¡Vamos, María, vamos! estaba tumbada en el suelo, bocabajo, haciendo uso únicamente de los brazos para incorporarse, mientras las piernas seguían agitándose frenéticamente. La agarré de una mano y la levanté rápido y con una fuerza que me sorprendió ¡Tenemos que irnos!

Salimos por el arco oscuro, que ya no era oscuro, sino que llevaba a un rellano iluminado por una ventana por la que entraba un sol blanco y radiante. Había escalones que subían, pero jamás sabré de dónde procedían, pues raudas, conmigo a la cabeza alentando a María, corríamos vertiginosamente hacia abajo, bajando pisos y pisos. Oí a mi abuela preguntando algo, en gritos, a mi tía.

«¿Dónde estaba la Yaya? No me he despedido de ella. Tengo que decirle adiós». Me detuve en seco, con la idea de volver y despedirme. Habrían pasado dos minutos desde que salimos de la casa. «Puedo subir para darle un beso, pero el destino no se puede cambiar, y seguro que ya está todo preparado... y voy a saber cómo muere». Esa posibilidad fue la que me impulsó a seguir adelante, no sin antes gritar, mirando hacia arriba, con la esperanza de que lo escuchara:

 ¡Yaya, te quiero! «No creo que me haya oído» Bueno, ella lo sabe y continué, con un pequeño pinchazo en el corazón que se convirtió en una sensación de dolor a la que en ese momento no me podía permitir prestar atención. Seguí corriendo, esta vez detrás de María, cuyas piernas ya no temblaban más y ahora se movían firmes y ágiles.

Por fin llegamos al portal que debería haberse encontrado tras la puerta de al lado del bar del toldo verde. Salimos y nos dirigimos calle abajo, sin dejar de correr por aquel asfalto que se había convertido en cuesta. Eché una última mirada al edificio que nunca más volvería a ver, guardando, en su aparente tranquilidad, algo horrible que estaba ocurriendo en su interior, y yo sabía qué era.

Hubo voces.

«Me gustaría haberme despedido».

Gritos.

«Bueno, ella lo sabe».

Un aullido desgarrador...

El tiempo se había acabado.
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21 enero 2015

Oleaje


Quiero hablar de ti,
de esos recuerdos que nunca ocurrieron,
de la playa embadurnada con tus labios de carmín.

Fina era la arena,
tu silueta y la complexión de tu cuerpo,
elegante como la luna y delicada como la brisa del mar.

Bello tu rostro,
colmado de los dos manjares exquisitos,
que eran las perlas de tus ojos respirando cada amanecer.

Osada era la sal,
perdida entre el brillo de tu piel atezada,
contraste de sabor con la fragancia natural de tu cabello.

Bravo tu carácter,
silencioso como sueño de noche en vela,
salvaje como el oleaje del que emanaban tus lágrimas.

Dulce era el sonido,
de la orilla que surcaba nuestro cielo, 
y volaba como el canto de tu voz anhelando el amor.

Quiero hablar de ti,
de esas memorias que jamás sucederán,
de tus labios de carmín en la playa donde no existirán.
.

20 enero 2015

Aire


Qué puedo hacer,
qué más ofrece el cielo,
pedí una casualidad,
y trajo un regalo envuelto en miedo.

Unos segundos fugaces,
en los que saltaron chispas,
tembló el suelo,
y a la luz se le acabó el tiempo.

Las palabras en el aire,
y los momentos desnudos,
bailaban alrededor,
esperando el final del duelo.

Navegaba una estrella,
escuchando atenta a su ansia,
tragó saliva el misterio,
y cualquier duda se despejó.

El reloj pregunta,
cómo fue que por mirarte,
morí,
si el pasado es el presente del futuro.
.

06 enero 2015

Escaleras


Con la tinta de mil lágrimas te escribí una carta de sangre, un juramento con el linaje de las experiencias que alberga el corazón, y un contrato con la razón que no entiende de compromisos.

Decía que corre presuroso para los espíritus que a pesar de las irremediables inclemencias sienten ávidos de inhalar vida, mientras que vaga fatigoso para los que resbalan por las grietas de su memoria y con la desdicha se cubren de las lluvias de la casualidad; que olvida su existencia esta naturaleza de codicia singular y la extraña cuando ya no hay oportunidad.

Así era el tiempo cuando le conocí, y buscando encontrarle como al fuego que apaga la pena, descubrí que era un misterio que nunca percibiría, pues al igual que la bestia más temida también llora si roza las espinas de la rosa más hermosa, la parca solloza porque jamás vestirá de blanco.

Y esta noche, he hecho un pacto con la muerte.
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31 diciembre 2014

Adiós, 2014. Hola, 2015.


«Es cierto que el mundo está colmado de peligros y que hay en él sitios lóbregos, pero hay también cosas hermosas y aunque en todas partes el amor está unido hoy a la aflicción, no por eso es menos poderoso».
                                                                                                     Haldir, El Señor de los Anillos
.

30 diciembre 2014

La ciudad


Los rayos de sol de la tarde teñían toda la rivera del bosque de Nightingale Valley de un modo tan alegre que llenaba de regocijo los corazones de Mark y Annie. Los colores ocres del paisaje otoñal iluminaban sus miradas y el sonido del agua fluyendo entremezclado con el canto de los ruiseñores era música para sus oídos. Tumbados en la hierba sobre almohadas de hojas caídas a la sombra de su árbol favorito, todo era paz. Sin embargo, algo corrompía la tranquilidad de Annie.

— Mark, Mamá dice que algún día nos iremos de aquí.

— ¿Que os iréis? —se incorporó— ¿A dónde?

— A la ciudad... dice que Papá ha conseguido un trabajo allí. Será dentro de poco, porque hoy la he visto ayudar a la abuela a empacar trastos del sótano y papeles que parecían importantes. También las he escuchado hablar.

— Pero, Annie...

— Decían —la joven continuó, como si no hubiera oído al chico— que donde vamos no habrá campo, ni montañas, ni aire limpio, sino calles oscuras, humo y vidas grises. Después de decir eso Mamá se ha puesto a llorar, ¿sabes? —Suspiró— Pero yo no quiero pensar así. Yo... Bueno, tampoco puede ser tan malo. Mark —miró al muchacho a la cara con ojos vidriosos y suplicantes de esperanza—, tú has estado allí y siempre me has hablado de los grandes edificios que llegan hasta el cielo, las luces deslumbrantes y las mujeres altas y elegantes.

Mark no sabía qué responder. Era cierto que iba a la ciudad muy a menudo a visitar a su hermano mayor. Lo que no le contaba a Annie era lo que realmente se escondía tras esas historias; el bajo burdel de la carretera, los focos del escenario que se nublaban con el ron y las prostitutas en tacones eran los mismos en cada ocasión.

— Sí, Annie —tenía la voz quebrada—, también hay cosas buenas. Serás feliz... Y encontrarás a un hombre con el que casarte —acarició su mejilla con ternura y le dedicó la mejor sonrisa que el desengaño del momento le dejó.

La joven se inclinó hacia el rostro del chico y lo sujetó entre sus manos. Él se deleitó en contemplar las pequeñas pecas que salpicaban la nariz y los carrillos sonrosados de Annie, que retiró su gorro cuidadosamente y le dio un beso cálido en la frente.

— No te preocupes, Mark. Escribiré, y de alguna forma seguiré estando aquí, contigo. Y, ¡quién sabe! Puede que me convierta en una de esas mujeres que te gustan de la ciudad.
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27 diciembre 2014

Cerca


No me había dado cuenta de lo realmente indefensa que me encontraba para ese momento hasta que lo tuve de frente. Sabía que tenía que llegar, aunque me negara al principio, lo fui asumiendo poco a poco durante las noches de soledad en Zagreb a medida que los días pasaban y se hacía más real con cada amanecer, pero una vez debía enfrentarme con el que creía mi mayor miedo, las impenetrables murallas que había erigido alrededor de la parte marchita de mi corazón que fue suya, se desplomaron como las lágrimas con las que las construí.

Sentí su mirada clavarse en mí como un puñal directo al corazón. Me costó unos segundos reconocerle. Sin duda, el tiempo había hecho mella en él; los turbados ojos oscuros que me observaban parecían querer ocultarse en las bolsas que soportaban, el pelo alborotado parecía más negro en contraste con ese pálido tono de piel que me impactó, y la barba que necesitaba ser recortada le daba un aspecto desaliñado. Sin embargo, su belleza se mantenía radiante. Ningún signo del paso de todos estos meses había conseguido perturbar la esencia del temible embaucador que me tuvo locamente enamorada, porque al volver a verle, me quedé sin habla.

Durante este tiempo no sé cuántas veces había recreado nuestro reencuentro en mi cabeza. Cuando me marché, todas las reacciones que pensé que tendría estaban relacionadas con algún tipo de escena en la que el dolor me cegaba y no podía hacer otra cosa más que gritarle y preguntar ¿por qué? ¿Por qué, con lo que yo te quería? Después, la rabia se confundía con la nostalgia y nos imaginaba en La Rollerie que hacía esquina con la universidad tomando algo cuando lo que deseábamos era tomarnos el uno al otro, como si la elegancia fuera nuestro estilo. Más tarde y centrada en mi nueva vida, decidí que la mejor opción era la indiferencia y el prohibirme pensar en él, pero por mucho que lo intentaba no podía evitar que apareciese la idea de coger el teléfono y llamarle, para saber cómo estaba, para escuchar su voz, para decirle que le amaba; entonces me obligaba a mí misma a abrazar el recuerdo de aquella amarga tarde en la que confirmé lo que intuía, lo que necesitaba ver y no quería reconocer, que nunca sería suficiente para él, y me cuestionaba si tan siquiera fui algo. Y me culpaba. Y la ira volvía, acompañada de un loco sufrimiento que dudaba pudiera superar algún día. Sin embargo, nunca se me ocurrió que mi primer impulso fuera el de querer correr hacia él y envolverme en sus brazos, como si los meses y los daños pasados no encarnaran más que una parodia de nosotros mismos y fuera tan fácil fingir que esta pausa nunca había existido.

Oh, fue todo lo que alcancé a decir. Su presencia me había electrizado y él lo sabía. Las piernas empezaron a temblar y, arrojadas por el embalado corazón que parecía buscar salirse del pecho, bajé los escalones que nos separaban, cada vez más efímeros según me acercaba a él.
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24 diciembre 2014

Ilustración


Cometí el pecado de robarle un poco de tiempo a tu boca y arrancarte el deseo del que me alimentabas. Por fin probé la carne que anhelaba y, por un rato, estuve satisfecha.

Pero qué agotador es besarte.

A mí me fascinaba contemplarte bajo las interminables luces de Madrid, mientras te contaba que mis sueños no me dejaban dormir y que ni todas las alas del mundo eran suficientes para volar. Tú te enfadabas porque no estaba atenta a tu mirada y no pensaba en los quehaceres de mañana. Me tomabas sabiendo que no podía resistirme al tacto de tu piel y así hacías que me olvidara de cualquier otra cosa que no fuera la manera en que te mordías los labios y tu respiración en mi cuello. Me arrebatabas toda la energía con esos besos jadeantes aliento a aliento y tocar tu cuerpo se convertía en una necesidad de mi ser. Pierdo la cabeza al recordar la noche en las escaleras de tu portal, cuando las ganas que nos teníamos el uno al otro nos embriagaron más que aquel vino dulce. Entraste intenso en mi y embestiste fuerte como nunca lo habías hecho. Nuestros gemidos cantaban al son que tú movías mis caderas frenéticamente, furioso de placer. Intentaste contener mi grito cuando exploté al sentirte derramarte en mis entrañas, pero el rugido resonó tan intenso que despertó a las bestias que llevamos dentro, otra vez.

En aquella oscuridad, tú te perdiste… pero yo seguía iluminada por las luces de Madrid.
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20 diciembre 2014

La boca del pez


Me perdí en tu pesar,
en esas misteriosas orillas
donde la noche termina con el deseo
de buscar mi reflejo en la complejidad
de cada uno de tus lunares.

Quise conquistar la luna,
pero en medio del desierto
me encontré con ese beso
que deja con la miel en los labios
y lloré todos tus recuerdos.

Ideé la melodía
que le pusiera banda sonora
a nuestros sueños de papel,
que volaron con tu adiós
naufragando en el verano
del que te enamoraste.

Fui vulnerable como una muñeca,
y el desorden en mi cabeza
me golpeó arrastrándome de nuevo
a esos quiero y no puedo
que mantienen al océano cuerdo.

Me acusé de encapricharme
de un libro vacío
que no podía prometer
montañas de flores en la frontera
entre tu olor y mi alegría.
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17 diciembre 2014

Verde


Báilame la vida,
Tiéndeme una trampa y desnúdame,
Hazme creer que todo ha sido un juego,
Que sueñas tanto conmigo como yo lo hago contigo.

Cántame un poema,
Rézale a mi piel y tócala,
Déjame pensar que esto es verdad,
Que aún el destino es nuestra oportunidad.

Grítame tu mayor secreto,
Susúrrame el sentimiento dormido,
Júrame que no puedes admitir que me amas,
Que a pesar de la tormenta no me dejarás mañana.
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16 diciembre 2014

Deseemos



Si hubiera sabido lo que iba a ver aquella mañana de octubre, habría preparado mi tiempo caduco para que la sentencia que, aunque finalmente me ejecutaría, no hubiera resultado tan fulminante como lo hizo.

Todo apuntaba a que iba a ser un martes ordinario, vacío, como todos los días desde hacía casi un año y medio. Desperté con mi temprana ansiedad y la primera visión, como cada mañana, fue la del techo que solía ser blanco, cada vez más gris y mugroso. Ni el agua de la ducha caía especialmente fría ni el café sabía demasiado amargo. El cinturón se ceñía más al cuerpo, pero lo hacía un poco cada día. Las canciones sonaban tan tristes como de costumbre y la anciana del metro no me miraba de forma menos escalofriante que ayer. La soledad no parecía haberse marchado, y la rutina se repetía. Mi día a día se había convertido en la reproducción consecutiva de acciones triviales que no planteaban ningún desafío intelectual ni emocional. Tampoco quería que lo hicieran.

Sin embargo, aquella mañana, un instante bastó para que me despojaran el guión de mi vida y me descubriera desnudo improvisando para un público que no esperaba.

Lo recuerdo como unos segundos confusos. ¿Qué estaba haciendo exactamente? No lo sé. Probablemente, teniendo una conversación banal con alguien que dejó de importar en el momento en que la vi. Aparté la mirada sin darme cuenta, pero ante esa familiar silueta no pude reaccionar de otra manera sino girándome de nuevo y observando exhaustivamente esperando que no fuera una ilusión. Pero las líneas que se escondían tras ese ajustado vestido azul no mentían, las conocía a la perfección; y su pelo rubio, más corto y ondulado a como lo recordaba... cuando se colocó ese mechón tímidamente detrás de la oreja, dio visión al perfil de su rostro, con su sonrisa tan natural, como la mirada, marcada por la inocencia que le robé.

Era ella.

El resto del mundo dejó de existir. Lo que estuviera pasando alrededor no me interesaba. Verla en ese lugar, después de nuestro doloroso pasado, era algo completamente inesperado. Absorto en su figura la contemplaba y vino a mi memoria el recuerdo de la última vez que la vi; lloraba y huía, jurando que no nos volveríamos a encontrar jamás.

Pero no fue así, pues allí me hallaba, irremediablemente perdido en la mujer que había cambiado mi vida tres años atrás, cuando sus ojos atravesaron las escaleras donde nos conocimos y chocaron implacables con los míos.

Aquella mañana, el tiempo se paró.
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15 diciembre 2014

Taladro en París


Cuando me acecha la velocidad y la agonía me adelanta,
es el momento en que mis sueños incumplidos me hacen sombra.

Soy una falta de ortografía en la poesía,
un descuido de la vida.

Quiero enterrar cada palabra y cada desgracia que hice pasadas,
pero se me seca el aliento y me fallan las manos.
Quiero borrar errores y confusiones,
pero pierdo la conciencia y no sé responder.

Soy una historia mal contada,
una imperfección inacabada.

Cuando el pasado vela firme y la memoria no perdona,
cada peligro aumenta mis anhelos de sentir.
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14 diciembre 2014

Las columnas de Bernini


Poco a poco, pasa.

Me voy recomponiendo, construyendo de nuevo los pilares que derrumbé con mis puños ensangrentados, voy dando valor y apreciando lo bonito de la vida que las lágrimas me emborronaban.

Me doy cuenta de que el parto de los montes no era más que eso, un ratoncillo traído entre tanto ruido innecesario. Me despido de Taia y asumo que ahora convivo sola, en una pequeña casa muy desordenada que soy yo misma, donde tú ya no vas a venir a enredarte entre mis sábanas.

Sigue doliendo,
Cuando sale el sol y ya no brilla como cuando despertaba contigo,
Cuando me miro en el espejo y me cuesta esfuerzos la sonrisa,
Cuando veo un niño y recuerdo que queríamos hijos,
Cuando se hace de noche,
Y vuelve a doler.

Pero todo pasa...

Poco a poco, Madrid renacerá,
Y yo tendré alas para verlo,
Y volaré,
Poco a poco...
Como el tiempo.
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12 diciembre 2014

El precio de la muerte


"Hay que saltar desde lo alto del precipicio una y otra vez, y construir las alas mientras caes".
                                                                                                                 Ray Bradbury.

29 noviembre 2014

Memorias de un año después


Cuando te dije adiós,
No vi nada más.

Hoy he llorado, y he sonreído.

Cuando no había aliento para este alma vacía,
Y el mundo había perdido todo su sentido,
Y no quedaba vida en mi interior,

Te vi,

Volví a abrazarte,
A pasear por esos lugares que ya no son sin nosotros,
Y el dolor que creía perdido volvió,
Sin ser esperado,
Pero bienvenido.

Hoy he sonreído porque he llorado,
Porque estoy viva,
Porque aún queda esperanza para este corazón roto.
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05 noviembre 2014

Legazpi


A ti,
quien me dio la vida y a la vez me la quitó,
quien me hizo comprender todos esos poemas y canciones de amor que no entendía,
por quien siempre había en mí felicidad,
por quien lloré los cielos y besé al diablo,
quien me hizo volver a ser una niña y empezar a ser una mujer,
quien me recogió de lo más hondo y me vistió con sus mejores galas,
a ti, mi amor,
hoy te digo adiós,
los placeres terrenales de la vida no valen nada sin ti, que has llegado a mi alma,
pero hoy debo despedirme,
hoy te abandoné,
hoy se terminó,
hoy se ha muerto una parte de mi corazón que nunca resucitará,
hoy me gustaría decirte lo que no sabrás,
que te amo y siempre lo haré,
que jamás te olvidaré,
y gracias, por enseñarme a vivir.

Te amo, mi vida,
te llevaré siempre conmigo.
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23 octubre 2014

Semáforo en rojo


Dicen que la realidad siempre supera a la ficción. No supe lo cierta que era esta frase hasta que todas mis fantasías contigo se esfumaron cuando el corazón se me aceleró en aquellos pocos segundos que te vi, que te miré, que pasaste por mi lado sin saber que cada día pienso en ti y no te puedo borrar de mi mente. Tú te vas por tu camino, y yo por el mío. No sé cuándo volveré a verte otra vez, a sentirme viva de nuevo, pero no pierdo la esperanza y cada vez que salgo de casa pienso "puede que hoy sí". Si no lo hago, se convierte en un día gris más que olvidar, pero si lo hago, si te siento... se me llena el alma y podría hacer cualquier cosa que me pidieras, por ti, por un nosotros que a pesar de que sé que jamás llegará, siempre llevaré en mi. Sin embargo, lo que más duele es no saber cuándo partirás para no regresar, cuando nos separemos y estos años sólo sean un recuerdo, y que tú ignores que me muero por ti...

Por si acaso me despido, porque no sé cuántos interrogantes hay en esto que no tenemos tú y yo, y al menos me gustaría decirte, con todo el dolor del mundo en mi pecho, adiós, ojalá no tuvieras que irte sin saber que eres tú quien le da sentido a mi existencia, y ojalá yo no tuviera que marchar preguntándome qué podría haber sido. Nunca te olvidaré, y allá donde vaya estarás siempre conmigo, aunque tú no lo sepas. Gracias por aparecer en mi vida, te amo, y te amaré hasta el último suspiro.

Hasta siempre, amor mío.
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19 octubre 2014

Agosto caminante


Si mis sueños se cumplieran, existiría todo un mundo de posibilidades donde la ilusión se haría realidad. Dejaría atrás todo el brillo del sol si tan sólo lo pidieras y buscaría un lugar donde refugiarnos del frío invierno que sólo mi piel sufre. Tú eres la realidad en mi ausencia, y si el fuego no fuera tan lejano, mis noches serían la oportunidad de tu desierto.
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17 octubre 2014

Charles Dickens


Sigo rogando, no sé a quién,
por ese beso en las costas de Algarve.
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Now it's three in the morning and I'm trying to change your mind

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In/evitable


La eternidad se fuga cuando no estás aquí,
cada vida es una historia diferente,
y yo quiero la mía en el mar.

Llévame contigo al mundo de sueños,
del que no se puede salir
sin abrirse las venas.

La espera sabe que no es correspondida,
pero aún anhela esa respuesta
que no ha comprado billete.

Te echaré de menos cuando no estés,
como cuando ahora me miras,
buscando un mar en el corte.
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14 octubre 2014

Destino


Escribí una canción triste para cantarla siempre que no estés, y que mi propia voz me recuerde por qué, que yo ya no lo sé.

Siempre busco grandes historias. Me imagino cazando fantasías en mi cabeza, pero nunca encuentro un gran principio, y ningún final es demasiado bueno, así que lo dejo, como una idea que quiso, pudo e intentó ser, y que nunca será.

Me dicen que no se ve en mi cara más que unos ojos tristes que lloran porque no sienten la lluvia. Hay mucho más. Hay tempestades en mi corazón, que quiere salir, allá afuera, con una pequeña mochila dispuesto a dar la vuelta al mundo, sin rumbo y sin zapatos. Para sentir más, para sentir mejor, dice. Yo intento retenerle en su casita de espejo, pero de día apaga la luz para no ver su reflejo y de noche sube las persianas, solo para asegurarse de que sigue habiendo algo por lo que sufrir.

Sé que me odia por no dejarle ser libre, pero sé que es lo mejor para él. No quiero volver a oír su llanto noche y día en la cama, buscando una sonrisa de la almohada que le diga que necesita un consuelo que no espera. Y volverse loco. Más aún.

Cerraré su casita para siempre y la tiraré abajo. A él, le clavaré un puñal en el segundo exacto al despertar, para que sepa que deseo acabar con todo su dolor. Quemaré cualquier recuerdo que hubo de él y tiraré sus cenizas por la ventana.

Por fin, podrá volar libre y conocer el ansiado mundo que siempre le rodeaba pero que nunca llegaba.
Por fin, será feliz.
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Allí


Paré el reloj y tiré la maleta.

Búscame.

Te dejaré encontrarme tras cualquier puerta.
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Meses


Tú no sabes mi nombre, pero eso da igual ahora, sólo quiero que te acerques y bailes conmigo esta canción, que será la última que escucharemos en nuestras vidas. Deja que la música fluya, que suene de fondo en este teatro al que quiero llamar amor aunque no es sino un delirio de tristeza, de una loca que ha enviado su corazón sin remitente allá donde jamás pueda encontrarlo. No pienses que no volveremos a vernos y que ya no seré para ti más que un vago fantasma de un pasado lejano en el que fui un personaje secundario, ya lo hago yo por ti. Sólo quiero que sonrías, que agarres mi cintura y pasemos esta última noche juntos, sin preguntarnos qué podría haber sido, sin buscar una razón por la que quedarnos al amanecer.
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Futuro


La puta manera en que me haces sentir.
Nada se iguala a eso.

Una vez te miré y fue suficiente para saber que ya nada sería igual, al menos, para mí. No sé cuándo ha pasado esto, ni cómo. Fue un día, de repente, que te vi caminar tras todo un verano que olvidé en el instante que pasaste por mi lado. Fuiste apareciendo en mis sueños y deseaba que lo hicieras en mi cama. Tras cientos de batallas y miles de derrotas, debería abandonar todo atisbo de esperanza de que algún día, tus ojos se crucen con los míos, pero mi boca no pide permiso para sonreír cada vez que te asomas por mi cabeza, y cuando creo que te olvido, vuelves a aparecer para recordarme que siempre estarás haciendo sombra a todos mis sentidos, y siendo mi única realidad.

Sin embargo, todo lo que siento, todo por lo que vivo, mañana no importará. Partiremos, y nuestros destinos tomarán caminos opuestos. Tú volverás a la tierra de la que viniste, y yo viajaré por cualquier lugar donde el tiempo me prometa llevarte consigo.

Seremos simples recuerdos invisibles,
las palabras impronunciables.

Nunca empezó, pero ya ha terminado.
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07 octubre 2014

Donde se esconden mis alas


Llegará el tiempo en el que los días helados se vuelvan al fin fríos,
cuando la tormenta pase y el sol se marche del cielo y venga aquí, justo a mi lado, para darme la mano y templarme un poco el corazón.

Porque calor, solo me lo das tú.

Y al tocarme, nuestros alientos se convierten en copos de amor que chocan contra la humedad de nuestras sábanas; de nuestras vidas.

No fuimos conscientes del horror que suponía oír el alma estrellarse contra el suelo,
hasta que se rompió en quince millones de esmeraldas,
una por cada noche perdida sin ti.

Me quedé hasta el final,
pude ver la sombra de tus párpados marcharse de tus ojos y volar sin mi,
mientras tus pestañas caían y yo intentaba recogerlas para no olvidar tu mirada cuando en mi reflejo en el espejo no viera más que dos perlas grises que parecían interminables,
apagándose...

Me quedé contigo,
y me fui para siempre...
porque no me he vuelto a encontrar.
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29 septiembre 2014

Oso


Vivo en el número trece desde hace tiempo,
busqué la perfección, pero no la entiendo;
todavía es septiembre,
aunque ya no lo parece.

Pregunté por ti y me dieron a elegir:
respuesta o sobrevivir;
me hice blanca y a rayas,
para no tener droga mañana.

Dónde estará nuestra vida,
la que nos prometimos,
con sus deudas y heridas
tan dulces de lamer.

Cuando despierte no será tan malo,
habrá sido un letargo
tan indeseado como necesario,
un beso de adiós.

Sólo te pido
que hagas la cama cuando te vayas,
y arañaré tu espalda;
matar siempre fue cosa de dos.
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