Si hubiera sabido lo que iba a ver aquella mañana de octubre, habría preparado mi tiempo caduco para que la sentencia que, aunque finalmente me ejecutaría, no hubiera resultado tan fulminante como lo hizo.
Todo
apuntaba a que iba a ser un martes ordinario, vacío, como todos los días desde
hacía casi un año y medio. Desperté con mi temprana ansiedad y la primera
visión, como cada mañana, fue la del techo que solía ser blanco, cada vez más
gris y mugroso. Ni el agua de la ducha caía especialmente fría ni el café sabía
demasiado amargo. El cinturón se ceñía más al cuerpo, pero lo hacía un poco
cada día. Las canciones sonaban tan tristes como de costumbre y la anciana del
metro no me miraba de forma menos escalofriante que ayer. La soledad no parecía
haberse marchado, y la rutina se repetía. Mi día a día se había convertido en
la reproducción consecutiva de acciones triviales que no planteaban ningún
desafío intelectual ni emocional. Tampoco quería que lo hicieran.
Sin embargo,
aquella mañana, un instante bastó para que me despojaran el guión de mi vida y
me descubriera desnudo improvisando para un público que no esperaba.
Lo recuerdo
como unos segundos confusos. ¿Qué estaba haciendo exactamente? No lo sé.
Probablemente, teniendo una conversación banal con alguien que dejó de
importar en el momento en que la vi. Aparté la mirada sin darme cuenta, pero
ante esa familiar silueta no pude reaccionar de otra manera sino girándome de
nuevo y observando exhaustivamente esperando que no fuera una ilusión. Pero las
líneas que se escondían tras ese ajustado vestido azul no mentían, las conocía
a la perfección; y su pelo rubio, más corto y ondulado a como lo recordaba...
cuando se colocó ese mechón tímidamente detrás de la oreja, dio visión
al perfil de su rostro, con su sonrisa tan natural, como la mirada, marcada por
la inocencia que le robé.
Era ella.
El resto del
mundo dejó de existir. Lo que estuviera pasando alrededor no me interesaba.
Verla en ese lugar, después de nuestro doloroso pasado, era algo completamente
inesperado. Absorto en su figura la contemplaba y vino a mi memoria el
recuerdo de la última vez que la vi; lloraba y huía, jurando que no nos
volveríamos a encontrar jamás.
Pero no fue
así, pues allí me hallaba, irremediablemente perdido en la mujer que había cambiado
mi vida tres años atrás, cuando sus ojos atravesaron las escaleras donde nos conocimos
y chocaron implacables con los míos.
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