Entré
acelerada por aquel portón al lado de un bar cuya barra daba directamente a la
calle y tenía un toldo verde. Traspasé la puerta y me encontré con tres o
cuatro escalones que parecían de arcilla pintada de amarillo, como el resto de
la casa, con algunas paredes de blanco también. Allí estaba mi abuela,
esperándome, mientras cocinaba la comida, removiendo el contenido humeante de
una enorme olla. Tenía el cabello más canoso a como lo recuerdo en mi infancia,
pero me miraba con aquella media sonrisa que siempre tenía en la cara cuando me
veía, y eso me alegró. En el lado opuesto a la pared que tenía
a su derecha y de la que se abría un arco sin puerta, pero con fondo marrón
oscuro, estaba la cocina.
— Yaya, ¿qué
haces aquí? ¿Tú no estabas muerta?
— ¿Pero a ti
quién te ha dicho que estoy muerta? Anda, quita, que vamos a comer —y me apartó
cariñosamente con una mano mientras movía la otra al aire como diciendo
vaya tonterías tienes.
— Ah, claro —recordé—, es por eso del tiempo, ¿verdad? Que hemos retrocedido, y ahora
estamos en Croacia, cosas de aquí —en ese instante comprendí, y me disgusté. Mi
abuela miró el reloj antiguo que pendía encima de la apertura de arco y después de
limpiarse las manos con el trapo de cuadros rojos y blancos que siempre utilizaba
en su casa, me preguntó:
— ¿Y no quieres
aprovechar el tiempo?
— No —dije con
seguridad—, porque sé que nada
de esto es real.
¿Respondió? No
podría decirlo. Algo ocurrió, pero nunca sabré qué, sólo que me senté en un
sillón que había junto a otros que no estaban antes ahí, frente a la cocina. Al
mismo tiempo que encontraba en mi mano una fofucha sin rostro, mi prima asomaba
por la puerta, tan guapa y tan alta, con su larguísimo pelo rubio, y flaca como
de costumbre, como la fofucha, delgada, de piernas muy finas y estiradas, y
toda de colores anaranjados, rosas y rojos.
— María, ¿qué te pasa?
De repente, sus extremidades se volvieron
inestables, temblaban repetidamente casi al ritmo de la respiración, pero aún
así ella se mantenía perfectamente de pie, aunque luego tuvo que amarrarse un
segundo a un mueble auxiliar que había aparecido en plena sala.
— ¿Cuánto hemos retrocedido? —preguntó.
— Unos... cinco meses, ¿no?
— Yo diría que más, aunque tampoco lo sé —decía mientras se sentaba y sonreía con su elegancia característica. Me fijé
en sus débiles piernas espasmódicas.
Mi tía Espe, Esperanza, la hija mayor de
mi abuela y la madre de mi prima, apareció en escena a través de una puerta que
había surgido de la pared de la cocina. Ahora estábamos allí todas, las cuatro:
mi abuela, mi prima María, mi tía Espe y yo, hablando. Pero resultó una conversación
muy breve.
— Eso significa —añadí, y sentía las palabras agolparse a medida que asimilaba la situación— que el tiempo sigue marchando, y
que en algún momento esto no habrá servido de nada y volverá a ocurrir
irremediablemente por mucho que hagamos. Queda poco, ¿verdad? No quiero verlo,
no quiero que sea mi último recuerdo de ella, no así.
— Entonces deberías ir yéndote, señorita —me dijo mi tía con una notable gravedad en sus palabras—. Quedan cinco
minutos.
«¿Cinco minutos? No puede ser —pensaba, y
miré el reloj al que antes había mirado mi abuela—. No quiero estar aquí.
Tenemos que irnos. Ya. No se puede esperar más».
Toda la atmósfera se había cargado
completamente de ruidos que no podría describir, sonidos estridentes de
procedencia desconocida que me taladraban el corazón, que latía acelerado y se
había visto envuelto en una repentina sombra. En algún momento entre tanta agitación mi abuela intervino, pero no pude oír bien qué dijo.
— ¡Vamos, María, vamos! —estaba tumbada
en el suelo, bocabajo, haciendo uso únicamente de los brazos para incorporarse,
mientras las piernas seguían agitándose frenéticamente. La agarré de una mano y
la levanté rápido y con una fuerza que me sorprendió— ¡Tenemos que irnos!
Salimos por el arco oscuro, que ya no era
oscuro, sino que llevaba a un rellano iluminado por una ventana por la que
entraba un sol blanco y radiante. Había escalones que subían, pero jamás
sabré de dónde procedían, pues raudas, conmigo a la cabeza alentando a María,
corríamos vertiginosamente hacia abajo, bajando pisos y pisos. Oí a mi
abuela preguntando algo, en gritos, a mi tía.
«¿Dónde estaba la Yaya? No me he
despedido de ella. Tengo que decirle adiós». Me detuve en seco, con la idea de
volver y despedirme. Habrían pasado dos minutos desde que salimos de la
casa. «Puedo subir para darle un beso, pero el destino no se puede
cambiar, y seguro que ya está todo preparado... y voy a saber cómo muere». Esa
posibilidad fue la que me impulsó a seguir adelante, no sin antes gritar,
mirando hacia arriba, con la esperanza de que lo escuchara:
— ¡Yaya, te
quiero! —«No creo que me haya oído»— Bueno, ella lo sabe —y continué, con un
pequeño pinchazo en el corazón que se convirtió en una sensación de dolor a la
que en ese momento no me podía permitir prestar atención. Seguí corriendo, esta
vez detrás de María, cuyas piernas ya no temblaban más y ahora se movían firmes
y ágiles.
Por fin llegamos al portal que debería
haberse encontrado tras la puerta de al lado del bar del toldo verde.
Salimos y nos dirigimos calle abajo, sin dejar de correr por aquel asfalto que
se había convertido en cuesta. Eché una última mirada al edificio que nunca más
volvería a ver, guardando, en su aparente tranquilidad, algo horrible que
estaba ocurriendo en su interior, y yo sabía qué era.
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