10 abril 2015

Sueño de Nochebuena


La primavera llegó pero tú ya te habías ido. Dónde, nunca lo supe; tan sólo quedó el vívido sueño que se mostró claro como un regalo entre las pesadillas de las Navidades pasadas.

»Nos encontramos en una parada de autobús frente a un paso de cebra de una calle ficticia, un híbrido entre la cuesta de Santa Engracia y la zona de Quevedo. Eran aproximadamente las cinco y media de la tarde, con esa atmósfera de tonos grises y azules propia del más entrado invierno de Madrid.

»Hacía frío, pues recuerdo a mi padre con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora marrón y yo intentando proteger lo que podía de mi nariz con el cuello del abrigo verde. No sé qué hacíamos allí exactamente; mis padres estaban sentados y yo de pie cuando apareciste fortuitamente. Sin saber cómo, comenzamos a hablar. Me desconcertó que fueras tan natural conmigo. También fue una sorpresa mi desenvoltura, normalmente me pongo terriblemente nerviosa cuando estás cerca, pero en aquel momento no había cabida para la timidez. Mi padre me llamó, giré para responder y cuando acabé volví junto a ti. En ese momento me di cuenta de las bonitas luces rojas de los restaurantes de la calle que se situaban detrás de ti. Propusiste que quedáramos algún día; vimos que parecía difícil llegar a un acuerdo y tú insististe en el jueves por la tarde. Queríamos que fuera lo antes posible y emocionada y antes de que cambiaras de opinión, olvidé mis quehaceres y gratamente acepté, dejando de lado cualquier otra tarea que ocupara el tiempo que prefería emplear contigo. Mi padre me sacó de mi ensoñación nombrándome otra vez. Dirigiéndome a él recordé algo; el jueves por la tarde tengo clase de ruso de cinco a siete, siete y cuarto, dije pensativa, dándote la espalda. Intercambié algunas palabras más con él mientras te oía sorprendido murmurar ¿ruso? y me despedía diciéndoles que me iba a tomar una cerveza contigo. Cruzamos la carretera.

»Entramos en una cafetería que de alguna forma sabía que estaba en la calle que se parecía a San Bernardo. Era muy espaciosa, con el techo alto y las anchas paredes de color azul cielo. El mostrador, ubicado en la esquina derecha de la sala, era de una madera oscura, como las sillas y las mesas, pintadas de blanco, pero no había nadie atendiendo en él. El lugar estaba casi vacío, sólo había una o dos personas más aparte de nosotros. Nos sentamos en una mesa cercana a la puerta, esperando un pedido que no habíamos hecho. Tú no dejabas de deleitarme confesándome intimidades e historias ocurrentes, mientras yo te contemplaba fascinada ante la jovialidad de tu expresión, siempre tan frívola y entonces derrochando una vitalidad espontánea que jamás imaginé en ti. Reconozco que al principio te escuchaba, pero luego abandoné la conversación; me perdí en cada detalle de tu rostro absorbiendo todos sus rasgos por si era la última vez que podía hacerlo, recorriendo las líneas que dibujaban tus cejas cuando te concentrabas, hundiéndome en tus ojos divertidos a los que pude mirar sin miedo y envolviéndome en el sonido de tu risa vivaracha, la que me había preguntado tantas veces cómo sonaría. Cuando se lo cuente a las chicas no se lo van a creer, pensaba, y ni yo misma lo hacía. En aquella cafetería, tú, sin saberlo, le estabas haciendo el amor a mi alma, que no había sentido la libertad hasta que la colmaste de ella cuando estuvimos frente a frente y habría vendido todo mi tiempo por que aquel momento no terminara nunca.
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