Dame una pistola y óyeme decirte que no quiero estar triste. A veces tengo un miedo y no sé por qué, me invade cuando los vicios faltan y se hace largo el amanecer desde la playa hasta casa. Lucha mi cuerpo contra el peso del destino y por la noche me consumo en las balas vacías de las que me embarazaste en la orilla de la hipocresía y del no quererte como para ver luz en las miradas que desprenden esperanza de cielos caídos. Júrate otro nunca más que dure hasta la siguiente matanza, busca un armario donde guardar tus vergüenzas y lúcelas como grandes galas cuando caigan los truenos ácidos que hacen llorar al calor que guardaba para ti. Me siento sola y me levanto contigo, mamando el olor de la calle de mi ombligo.
.

No hay comentarios:
Publicar un comentario