Los rayos de sol de la tarde teñían toda la rivera del bosque de Nightingale
Valley de un modo tan alegre que llenaba de regocijo los corazones de Mark y
Annie. Los colores ocres del paisaje otoñal iluminaban sus miradas y el
sonido del agua fluyendo entremezclado con el canto de los ruiseñores era
música para sus oídos. Tumbados en la hierba sobre almohadas de hojas caídas a
la sombra de su árbol favorito, todo era paz. Sin embargo, algo corrompía la
tranquilidad de Annie.
— Mark, Mamá dice que algún día nos iremos de aquí.
— ¿Que os iréis? —se incorporó— ¿A dónde?
— A la ciudad... dice que Papá ha conseguido un trabajo allí. Será dentro de poco, porque hoy la he visto ayudar a la abuela a empacar trastos del sótano y papeles que parecían importantes. También las he escuchado hablar.
— Pero, Annie...
— Decían —la joven continuó, como si no hubiera oído al chico— que donde
vamos no habrá campo, ni montañas, ni aire limpio, sino calles oscuras, humo y
vidas grises. Después de decir eso Mamá se ha puesto a llorar, ¿sabes?
—Suspiró— Pero yo no quiero pensar así. Yo... Bueno, tampoco puede ser tan
malo. Mark —miró al muchacho a la cara con ojos vidriosos y suplicantes de esperanza—,
tú has estado allí y siempre me has hablado de los grandes
edificios que llegan hasta el cielo, las luces deslumbrantes y las mujeres
altas y elegantes.
Mark no sabía qué responder. Era cierto que iba a la ciudad muy a menudo a
visitar a su hermano mayor. Lo que no le contaba a
Annie era lo que realmente se escondía tras esas historias; el bajo burdel de la carretera, los focos del escenario que se nublaban con el ron y las prostitutas en tacones eran los mismos en cada ocasión.
— Sí, Annie —tenía la voz quebrada—, también hay cosas buenas. Serás
feliz... Y encontrarás a un hombre con el que casarte —acarició su mejilla con
ternura y le dedicó la mejor sonrisa que el desengaño del momento le dejó.
La joven se inclinó hacia el rostro del chico y lo sujetó entre sus manos.
Él se deleitó en contemplar las pequeñas pecas que salpicaban la nariz y los carrillos sonrosados de Annie, que retiró su gorro cuidadosamente y le dio un beso cálido en la frente.
— No te preocupes, Mark. Escribiré, y de alguna forma seguiré estando aquí, contigo. Y, ¡quién sabe! Puede que me convierta en una de esas mujeres que te gustan de la ciudad.
— No te preocupes, Mark. Escribiré, y de alguna forma seguiré estando aquí, contigo. Y, ¡quién sabe! Puede que me convierta en una de esas mujeres que te gustan de la ciudad.
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