30 diciembre 2014

La ciudad


Los rayos de sol de la tarde teñían toda la rivera del bosque de Nightingale Valley de un modo tan alegre que llenaba de regocijo los corazones de Mark y Annie. Los colores ocres del paisaje otoñal iluminaban sus miradas y el sonido del agua fluyendo entremezclado con el canto de los ruiseñores era música para sus oídos. Tumbados en la hierba sobre almohadas de hojas caídas a la sombra de su árbol favorito, todo era paz. Sin embargo, algo corrompía la tranquilidad de Annie.

— Mark, Mamá dice que algún día nos iremos de aquí.

— ¿Que os iréis? —se incorporó— ¿A dónde?

— A la ciudad... dice que Papá ha conseguido un trabajo allí. Será dentro de poco, porque hoy la he visto ayudar a la abuela a empacar trastos del sótano y papeles que parecían importantes. También las he escuchado hablar.

— Pero, Annie...

— Decían —la joven continuó, como si no hubiera oído al chico— que donde vamos no habrá campo, ni montañas, ni aire limpio, sino calles oscuras, humo y vidas grises. Después de decir eso Mamá se ha puesto a llorar, ¿sabes? —Suspiró— Pero yo no quiero pensar así. Yo... Bueno, tampoco puede ser tan malo. Mark —miró al muchacho a la cara con ojos vidriosos y suplicantes de esperanza—, tú has estado allí y siempre me has hablado de los grandes edificios que llegan hasta el cielo, las luces deslumbrantes y las mujeres altas y elegantes.

Mark no sabía qué responder. Era cierto que iba a la ciudad muy a menudo a visitar a su hermano mayor. Lo que no le contaba a Annie era lo que realmente se escondía tras esas historias; el bajo burdel de la carretera, los focos del escenario que se nublaban con el ron y las prostitutas en tacones eran los mismos en cada ocasión.

— Sí, Annie —tenía la voz quebrada—, también hay cosas buenas. Serás feliz... Y encontrarás a un hombre con el que casarte —acarició su mejilla con ternura y le dedicó la mejor sonrisa que el desengaño del momento le dejó.

La joven se inclinó hacia el rostro del chico y lo sujetó entre sus manos. Él se deleitó en contemplar las pequeñas pecas que salpicaban la nariz y los carrillos sonrosados de Annie, que retiró su gorro cuidadosamente y le dio un beso cálido en la frente.

— No te preocupes, Mark. Escribiré, y de alguna forma seguiré estando aquí, contigo. Y, ¡quién sabe! Puede que me convierta en una de esas mujeres que te gustan de la ciudad.
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