27 diciembre 2014

Cerca


No me había dado cuenta de lo realmente indefensa que me encontraba para ese momento hasta que lo tuve de frente. Sabía que tenía que llegar, aunque me negara al principio, lo fui asumiendo poco a poco durante las noches de soledad en Zagreb a medida que los días pasaban y se hacía más real con cada amanecer, pero una vez debía enfrentarme con el que creía mi mayor miedo, las impenetrables murallas que había erigido alrededor de la parte marchita de mi corazón que fue suya, se desplomaron como las lágrimas con las que las construí.

Sentí su mirada clavarse en mí como un puñal directo al corazón. Me costó unos segundos reconocerle. Sin duda, el tiempo había hecho mella en él; los turbados ojos oscuros que me observaban parecían querer ocultarse en las bolsas que soportaban, el pelo alborotado parecía más negro en contraste con ese pálido tono de piel que me impactó, y la barba que necesitaba ser recortada le daba un aspecto desaliñado. Sin embargo, su belleza se mantenía radiante. Ningún signo del paso de todos estos meses había conseguido perturbar la esencia del temible embaucador que me tuvo locamente enamorada, porque al volver a verle, me quedé sin habla.

Durante este tiempo no sé cuántas veces había recreado nuestro reencuentro en mi cabeza. Cuando me marché, todas las reacciones que pensé que tendría estaban relacionadas con algún tipo de escena en la que el dolor me cegaba y no podía hacer otra cosa más que gritarle y preguntar ¿por qué? ¿Por qué, con lo que yo te quería? Después, la rabia se confundía con la nostalgia y nos imaginaba en La Rollerie que hacía esquina con la universidad tomando algo cuando lo que deseábamos era tomarnos el uno al otro, como si la elegancia fuera nuestro estilo. Más tarde y centrada en mi nueva vida, decidí que la mejor opción era la indiferencia y el prohibirme pensar en él, pero por mucho que lo intentaba no podía evitar que apareciese la idea de coger el teléfono y llamarle, para saber cómo estaba, para escuchar su voz, para decirle que le amaba; entonces me obligaba a mí misma a abrazar el recuerdo de aquella amarga tarde en la que confirmé lo que intuía, lo que necesitaba ver y no quería reconocer, que nunca sería suficiente para él, y me cuestionaba si tan siquiera fui algo. Y me culpaba. Y la ira volvía, acompañada de un loco sufrimiento que dudaba pudiera superar algún día. Sin embargo, nunca se me ocurrió que mi primer impulso fuera el de querer correr hacia él y envolverme en sus brazos, como si los meses y los daños pasados no encarnaran más que una parodia de nosotros mismos y fuera tan fácil fingir que esta pausa nunca había existido.

Oh, fue todo lo que alcancé a decir. Su presencia me había electrizado y él lo sabía. Las piernas empezaron a temblar y, arrojadas por el embalado corazón que parecía buscar salirse del pecho, bajé los escalones que nos separaban, cada vez más efímeros según me acercaba a él.
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