Stefano se abrió paso entre la multitud acercándose sigiloso, pero convencido. Hola, le susurró cuando consiguió estar suficientemente cerca como para que el bullicio de la estación no ahogara su voz. Ella se giró y su mirada impactó con todo el ser de Stefano, penetrando más allá de lo físico y dejándole inmóvil por un instante, como cuando se choca por primera vez con la magia de una maravilla inesperada.
— Hola —respondió con gesto extrañado a la vez que agarraba el asa de su maleta con más fuerza. Stefano se dio cuenta de este movimiento.
— Tranquila... no te voy a hacer nada —la miró de nuevo a los ojos y otra vez tuvo esa sensación de vulnerabilidad—. Soy Stefano —ella decidió ignorar la mano extendida girando la cabeza en la dirección opuesta—. ¿Tú cómo te llamas? —Seguía sin recibir respuesta, pero se recuperó rápidamente, sabía que aquello no iba a ser fácil— ¿Estudias aquí? —Por la postura corporal de la chica no era difícil deducir que se estaba impacientando, pero él tenía que seguir intentándolo—. No eres de Madrid, ¿verdad? Llevo un tiempo viéndote cada semana por la estación.
Esto llamó la atención de la chica, que dio un paso alejándose de Stefano.
— ¿Cómo?
— Sí, en concreto... cinco domingos. Este es el quinto que te veo. Siempre llegas a las cuatro y cuarto, pero nunca sé de dónde, porque cada domingo a esa hora llegan tres trenes: Sevilla, Barcelona y Oviedo, así que... ¿por qué no me dices de dónde eres?
Mientras hablaba, los ojos de la chica se abrieron como platos, y para cuando formuló la pregunta esta ya había comenzado a caminar rápidamente sin mirar atrás. Sólo entonces Stefano pensó que quizás aquella no era la mejor conversación para entablar con una persona a la que acababa de abordar y que no sabía nada de él, pero no podía permitir que se marchara sin tan siquiera darle una explicación, así que emprendió una carrera de obstáculos tras ella al grito de ¡espera! mientras esquivaba todo tipo de turistas, viajeros, trabajadores de la estación y maletas que iban y venían dificultándole avanzar.
Hubo un grito y un golpe. Algunos se alarmaron, aunque la mayoría de la gente no se inmutó dado el ruido en el interior del edificio. Cuando Stefano se acercó vio a la chica tirada en el suelo. Al parecer, había tropezado con la maleta de un viajero entretenido, un hombre con rastas y un traje verde.
— ¿Estás bien?
— Sí, ¡déjame en paz, acosador! —Gritó mientras se levantaba.
— ¿Algún problema con este? —Preguntó el de las rastas.
— ¡No! —Intervino Stefano exaltado. Tomó la maleta de la chica y se la ofreció— Oye, no he empezado con muy bien pie pero... no quiero que pienses de mi algo que no soy. Déjame explicártelo, por favor —las manos de ella ya habían cogido el asa, pero las de él no la soltaron—. Perdóname si te he asustado, no era mi intención. Hace un mes vine a la estación para despedirme de mi familia que había venido de vacaciones, y de repente te vi aparecer por la puerta, el primer domingo... no sé qué me pasó, sentí algo que... ¡Dios! ¡Sentí que tenía que conocerte! Pero todo fue muy rápido, no te pude decir nada y no tenía forma de encontrarte y, bueno... pensé que viniendo a la estación el mismo día y a la misma hora habría alguna posibilidad de volver a verte, y lo hice, el segundo domingo, y el tercero, y el cuarto... y no me atreví a decirte algo hasta hoy, el quinto domingo. Llevo pensando en ti desde el momento en que te vi y poder hablar contigo por fin... me he puesto nervioso. Lo siento. —se apartó—. Eso es todo.
El rasta del traje y algunos de sus acompañantes junto con otras tres o cuatro personas que habían presenciado la escena aplaudieron y vitorearon en tono cómico. Las mejillas de la chica se sonrojaron y Stefano creyó advertir una sonrisa que se dibujaba en sus labios.
— Me tengo que ir —dijo sin mirarle. Se alejó hacia el exterior de la estación hasta abandonar la aglomeración.
Stefano, por su parte, sin saber muy bien qué sentir, lo único que tenía por seguro era que no quería perder ese tren.
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