24 diciembre 2014

Ilustración


Cometí el pecado de robarle un poco de tiempo a tu boca y arrancarte el deseo del que me alimentabas. Por fin probé la carne que anhelaba y, por un rato, estuve satisfecha.

Pero qué agotador es besarte.

A mí me fascinaba contemplarte bajo las interminables luces de Madrid, mientras te contaba que mis sueños no me dejaban dormir y que ni todas las alas del mundo eran suficientes para volar. Tú te enfadabas porque no estaba atenta a tu mirada y no pensaba en los quehaceres de mañana. Me tomabas sabiendo que no podía resistirme al tacto de tu piel y así hacías que me olvidara de cualquier otra cosa que no fuera la manera en que te mordías los labios y tu respiración en mi cuello. Me arrebatabas toda la energía con esos besos jadeantes aliento a aliento y tocar tu cuerpo se convertía en una necesidad de mi ser. Pierdo la cabeza al recordar la noche en las escaleras de tu portal, cuando las ganas que nos teníamos el uno al otro nos embriagaron más que aquel vino dulce. Entraste intenso en mi y embestiste fuerte como nunca lo habías hecho. Nuestros gemidos cantaban al son que tú movías mis caderas frenéticamente, furioso de placer. Intentaste contener mi grito cuando exploté al sentirte derramarte en mis entrañas, pero el rugido resonó tan intenso que despertó a las bestias que llevamos dentro, otra vez.

En aquella oscuridad, tú te perdiste… pero yo seguía iluminada por las luces de Madrid.
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